Esta es mi catarsis. Esta es mi vida, vida que he dejado abandonada. He sido, una vez más, presa del trabajo, la responsabilidad y la familia. La siempre aburrida pero amada familia. Reunidos todos nuevamente, en comitiva se acercaban a mí, la única abogada del lugar para hablar de sus más recientes problemas legales. “Carajo, que se paguen un maldito abogado y me dejen de joder”, comenté a una de mis primas, que seguirá mis pasos, luego de escapar de todos esos tíos borrachos que sólo hablaban de sus evasiones de impuestos. “Te lo ganas tú, mujer, voy venir cuando te aburre todo esto”, respondió ella, totalmente tranquila, como siempre. “Decías que tenías que ver un caso o cualquier cosa y te dejaban de molestar (porque ella, chica de la Católica, no decía groserías). La próxima vez di que tienes que revisar un expediente o un caso; de cualquier manera, ninguno de estos sabe que lo ejerces”, agregó, sonriendo por encima de la taza de café que pretendía beber.
Entró tía Margo junto al aroma de cigarrillo y perfume caro que siempre la rodeaba. Pasó a mi lado con esa superioridad palpante, sintiéndose completamente increíble al verme a mí, allí, en el lugar justo para sus interrogatorios. Quise salir disimuladamente pero me llamó e invitó a sentarme con ella. Como dicen: La gente mala siempre se sale con la suya. “Asfixia, querida, tu novio, ¿cómo está? ¿Por qué no lo has traído”, preguntó, sin vueltas, mientras jugueteaba con la cuchara que había dejado mi prima sobre la mesilla de la salita. “Tenía trabajo. Y no es mi novio, es solamente mi enamorado, tía”, corregí. “Pues novio, enamorado, de cualquier manera es lo mismo. Hijita, tendrías que cuidarlo más, un chico como él no se encuentra en cualquier lado, ¿sabes?”. Desgraciada, ¿crees que no se por qué me dices esto ahora? Como si no supiera que la tarada de tu sobrina es la ex de Julián y quiere que termine con él para que se lo quede. Tan ilusa no soy, pero un “Si, tía” salió de mí. Sonó el celular. Contesté. Adiós al aire, ¿recuerdo como respirar? Creo que no… Es el efecto de la voz de Santiago diciéndome su habitual “Asfixia, where are you?”. “In the hell, and you?”, digo, mientras veía a mi tía, totalmente deprimida por no entender lo que hablo, salir hacia la sala para conversar con el resto de la familia. “En casa, aburrido como nunca he estado. ¿Vienes?”. Esperaba eso, deseaba eso. “Por supuesto, quiero salir de aquí”.
Como es usual en mí, sin despedirme de nadie, salí de la reunión rumbo a la casa de mi amiguísimo. Claro, traten de conseguir un taxi en Rinconada del Lago, en La Molina. Una vez más compruebo lo inútil de vivir en lugares como estos y agradezco de vivir en un lugar cerca de una arteria de la ciudad, lo cual me asegura conseguir micro o taxi según la ocasión.
Fui y llegué, luego de unos minutos. Como siempre, desde que llegó y yo lo visitaba, me esperó en la puerta de la antigua casa de sus padres, casa en la que ahora vive sólo. Lástima que no pueda aprovechar esa soledad.
Vestido con los conocidísimos buzos que usaba siempre que estaba en casa y una camiseta con el rostro de andy warhol, me dio un fuerte abrazo y me invitó a su “castillo encantado”, como solía decirle. Aunque, por el día que era, sabía que un día antes había ido la mujer de la limpieza a arreglar, la casa parecía un autentico desastre. Entre ropas tiradas por cualquier lado y platos sucios sobre las mesas y muebles, miré a mi amigo quién, encogiendo los hombros, me señaló el único sillón libre de cosas. “Deberías tener esto más limpio, Santiago. Eres demasiado desordenado”, le dije. “Si, mamá”, rió él, sentándose a mi lado y recostándose en mi regazo. “Nunca me ha gustado limpiar y lo sabes”, agregó viéndome primero, pero luego bajando los ojos hacia… “¡Te han crecido las tetas!”, exclamó, emocionadísimo. “Dios, a ti se te sale lo loca cuando estamos solas, ¿no?”, dije yo, medio alterada por su comentario. “Puede ser, pero estas tetas han crecido o… “, sin advertirme nada, las apretó un poco antes de que yo le diera una palmada en la mano para que me soltara. “¡Es un sostén con push up! ¡Que estafa! Eso me recuerda a una chica con la que trabajaba en España. Era planísima, se llamaba Hilda, y se ponía el bra relleno de papel higiénico ya que el push up se le veía muy falso y…”. Intenté escucharle más de lo que me decía, algo de que a la tal Hilda se le caía el agua, pero no pude. Recordar su mano en mi pecho, aunque no lo haya sentido tanto como quisiera debido al maldito relleno, me alteró más de lo que creía, tanto como me emocionaba una de sus sonrisas encantadoras en la escuela. Me enamoró con una de esas sonrisas y ahora me seduce con una caricia.
Mujer debía nacer yo. ¿Por qué a mí?
Mujer loca, desquiciada quedaré. Insatisfecha. Triste. Pero no sola.
“Debo irme en un rato, quedamos en salir con Julián”, mentí.